Caminando por la vida un día mi contemplación fue robada por un anciano, era un hombre desgarbado de triste mirar que aferraba sus brazos a un canasto de mimbre, se le veía desencajado de esta realidad, pero su persona sitiada por varios vendedores característicos del día de plaza me obligo a acercarme a él para preguntar ¿Qué vendes marchante?
Pregunte vacilante ante el miedo de una mala cara, pensando que quizás así podría comprar su oferta sumando de paso una ayuda monetaria a tan desvalido hombre, y es que no era fácil contemplar estampa tan triste tirada en el suelo, mucho menos era mi intención ofenderle con una limosna, pero verle aferrado a un cesto cual naufrago a madero de su barca importunada, fue motivo suficiente para preguntar.
-Granadas Joven, son granadas lo que este anciano le ofrece, permítame darle la prueba sin compromiso de compra claro esta…
De forma torpe tomo uno de los frutos y con acopio de fuerza partió la piel de tan complejo fruto, con un giro digno de un origamista partió el fruto dejando su rojizas semillas expuestas.
-Tome Joven, ahora ya puede probar.
Nunca antes en mi vida tuve oportunidad de degustar semejante fruto, mil ocasiones le escuche como ingrediente de recetas de cocina y en otras pude verle creciendo en arbustos en casonas, y hasta parques públicos, pero nunca le probé, mi ignorancia fue visible al morder el corazón de esta fruta al creer que sería suave y repleto de pulpa cual naranja o durazno.
Las semillas crujieron entre mis dientes, un amargo gusto se escurrió en mi paladar al moler la blanca piel que les sujetaba en comuna, las sensaciones diversas que se desencadenaron en mi cuerpo deformaron mi rostro colmándolo de muecas.
-je je je je je je No joven así no se come este fruto, hay que apartar la piel blanca de las semillas para después sorber el delicado revestimiento que poseen.
Fue entonces que el rostro de este hombre cansado se ilumino, y cual ave que emprende el vuelo tras sanar de una caída así él se levanto del suelo, tomando una cantinflora de entre sus ropas se dispuso a ofrecerme un trago de agua para pasar tan amargo momento.
Tras tal experiencia me dispuse a degustar de nueva cuenta la granada, pero en esta ocasión aplicando las enseñanzas del marchante, fue cuando realmente pude apreciar el dulce y a su vez acido zumo de tal fruto. Sin perder mi objetivo inicial ofrecí un pago por tales mercancías, pero el señor solo me miro y sonriendo tomo de su sesta unas cuantas granadas más para ofrecerlas si cuota alguna.
-No me debe nada joven, es este servidor el que le debe a usted. Gracias joven por alegrarle la vida a este hombre, por traerle el recuerdo de una juventud pasada ¡Gracias!
Tomando su cesto del suelo se encamino hacia la multitud que pasaba en la calle, perdiéndose poco apoco en la distancia cual barcaza que se aleja del puerto le perdí. Mis sentidos no terminaban de asimilar lo ocurrido, no sabía a que hacía referencia el señor, o siquiera si le había sido ofensiva mi reacción.
Tiempo después pase por el mismo lugar pero el señor ya no estaba, preguntándole a los vendedores intrigado por su paradero, me entere que al poco tiempo de aquel día que le encontré, su cansado andar culmino.
-Siempre se sentaba en ese espacio, nunca vendía nada, no gritaba ofreciendo sus granadas, sólo se sentaba y esperaba a que alguien se aproximara a él, contaba que ese tipo de clientes eran los que valían la pena atender, NO aquellos que prácticamente uno acosaba con gritos, creo estaba enfermo de la mente porque juraba que cuidaba corazonesm, y que por ello no podía ofrecerlos a quien no los mereciera, pobre hombre que Dios lo tenga en su gloria…
Esas fueron las palabras que obtuve de una mujer que ofrecía en la vendimia quesadillas y tostadas…
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¡Granada!
Corazón que en la juventud esta encumbrado de una flor de rojo intensó, seducción que comienza como un capullo, tímido, frágil, en forma de estrella despide rallos rojizos que lentamente se extienden.
Corazón que con el tiempo pierde sus fragantes y ostentosos velos, en presencia de la tempestad o la suave briza, no hay discriminación para tal ocasión, solo el fin es lo común
Corazón que con el tiempo se cierra, reteniendo así en su interior el rojo fulgor de su inicio cual recuerdo de su juventud, testigo intimo en su ser de lo que alguna vez reflejo su exterior
Corazón que crece día a día protegiendo en su interior las promesas de un futuro
Todos en este mundo somos granadas, nuestros cuerpo cambian con la edad pero nuestro corazón es el que inmutable conserva el origen de nuestro ser, crece y se expande, se rodea de amargos momentos pero sigue aferrado a su dulce esencia, crece y se expande con momentos de alegría y de dolor.
Con el tiempo se suelta de su rama que le cobijaba, estrellándose en el suelo libera su contenido asegurando así un legado de su ser, dulce y amarga cobertura se funden como alimento del nuevo corazón, así pasamos nuestra vida creciendo solo hay una duda ¿Quién abrirá nuestro rojo corazón? ¿A quién daremos nuestros dulces momentos?
Esperamos sin saberlo a ese ser que agasajaremos con lo mejor de nuestra persona, y buscamos sin notarlo el fruto perfecto que nos alimente, nada debo a la vida, mantengo mi alma en paz porque igual nada me debe, solo espero en mi rincón sereno y paciente, solo espero…

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